«Pelosifobia»: dícese del miedo irracional a un legislador

Un conflicto bélico puede comenzar con hecho triviales, sin duda: la Primera Guerra Mundial, que comenzó con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando por un rebelde serbio, es el ejemplo más trillado. Pero esa anécdota esconde las décadas de creciente desconfianza entre los contendientes, las ansias imperialistas de quienes declararon la guerra, y la maquinaria militar que se venía preparando para ello. Por eso, nadie puede decir que el atentado de Sarajevo sea la causa de la Guerra; fue tan solo la excusa.

Aseverar que si Francisco Fernando no hubiera ido a Sarajevo (o cualquier otro escenario contrafáctico en este sentido) es ser rasamente naíf. Asimismo, decir que la culpa de la Guerra la tuvo el serbio asesino, es desconocer por completo la política internacional. Sin embargo, en los últimos días, nos hemos encontrado con infinidad de artículos que dicen que eso no es así; claro, han cambiado los nombres, el lugar ya no es Sarajevo, sino Taipéi, y el protagonista no es Francisco Fernando ni el serbio, sino una italoamericana, Nancy Pelosi.

Si bien hoy es imposible negar que la guerra puede estallar de un momento a otro (como tan tristemente lo ha demostrado la invasión rusa a Ucrania), justamente el clima de época es lo que debería demostrarnos que quien quiere atacar lo va hacer, en la manera y en el tiempo que guste.
Si bien hoy es imposible negar que la guerra puede estallar de un momento a otro (como tan tristemente lo ha demostrado la invasión rusa a Ucrania), justamente el clima de época es lo que debería demostrarnos que quien quiere atacar lo va hacer, en la manera y en el tiempo que guste. Culpar al viaje de una política estadounidense a un país soberano e independiente (que lo es, por más que le duela a la República Popular China y a sus aliados) de ser provocador e imprudente, no habla tanto de las acciones de Pelosi sino de qué es lo que se espera de China: di la palabra equivocada, haz el gesto incorrecto o visita un lugar que no nos gusta, y tendrás guerra. ¿Ese es el ascenso pacífico de China?

Esta coyuntura muestra otra arista del problema, no más amable: quien es acusado de provocador son los Estados Unidos, y quien lo acusa es China y los aparatos de desinformación que ha armado alrededor del mundo, ¿no nos estamos olvidando de alguien en la ecuación? ¿Tal vez un país de 23 millones de habitantes? ¿La 21° economía del mundo? ¿Es que alguna vez podremos salir del paradigma hegemónico, y pensar que hay que países por fuera de los intereses de las potencias?

Mientras hablamos de las amenazas de China, las provocaciones estadounidenses, y las quejas de líderes populistas que ven –por algún motivo que se me escapa– a una China menos imperialista que Estados Unidos, hay millones de taiwaneses que no saben si mañana podrán ir a trabajar, juntarse con sus amigos y familiares, o siquiera salir de su casa a hacer una vida normal, por temor a encontrarse con miles de tanques flameando banderas rojas estrelladas decretando la ley marcial y anunciando que a partir de ahora en sus vidas se hace lo que dicta el líder, Xi.

Si esa imagen no causa escalofríos, nada lo hará; y eso explica cómo es que hay tantos «demócratas» que hablan de la ambigüedad estratégica, de la soberanía de China y de la no interferencia. Claro, pero armar un tratado de libre comercio con Estados Unidos o la Unión Europea es de imperialista. Indignación selectiva, que se le dice; o mejor, cinismo.

Pensar que los taiwaneses (por no mencionar a los uigures, los tibetanos, los hongkoneses o los propios chinos) tienen menos derecho a decidir sobre sus vidas o sobre el gobierno que administra la cosa pública, excede cualquier debate sobre el universalismo de los derechos humanos o los valores asiáticos: simplemente muestra que la ética de parte de los analistas internacionales está en el cadalso a la espera del golpe final por parte del régimen chino.

Por ello, hablar de Taiwán como una suerte de «zona prohibida a la que ningún político debería aventurarse» no es más que caer en la trampa de Beijing que, dada la falta de persuasión para convencer a los taiwaneses respecto a la unificación (una opción que, por cierto, en las últimas encuestas solo alcanzó el 1,3% de los respondientes en la isla), intenta tomar a Taiwán a través de la presión internacional: eliminando el poco reconocimiento diplomático que le queda e instaurando que el asunto es interno –y por ende está fuera de la discusión de la comunidad internacional– para, de esa manera, convertir al gobierno de Taipéi en un paria al que no le quede otra salida que aceptar la ocupación china.

hay millones de taiwaneses que no saben si mañana podrán ir a trabajar, o siquiera salir de su casa a hacer una vida normal, por temor a encontrarse con miles de tanques flameando banderas rojas estrelladas decretando la ley marcial y anunciando que a partir de ahora en sus vidas se hace lo que dicta el líder, Xi.
Sin embargo, esa realidad solo ocurre en los sueños felices de Xi. La realidad demuestra una y otra vez que los países democráticos están cada vez más juntos, y en su mayoría cierran filas en torno a la dignidad que tienen los taiwaneses para decidir su futuro por sí mismos. En la lista estadounidense de los paladines de la libertad y la democracia no solo está la Speaker Pelosi, sino también el ex secretario de Estado Mike Pompeo (quien reiteradamente determinó que Taiwán ya es un país independiente), y hasta el presidente Joe Biden que, más allá de las contradicciones que el establishment diplomático estadounidense ha generado (en particular en la vocería de John Kirby), no ha dubitado es aseverar que Estados Unidos está comprometido a defender la democracia en Taiwán cualquiera sea su costo, entre otras altas figuras de la política norteamericana.

Asimismo, en la lista general se deben incluir al recientemente asesinado ex primer ministro de Japón, Shinzo Abe, así como a los líderes de varios países europeos que luchan contra las autocracias rusa y china e, indirectamente, lo hacen a favor de los derechos de los taiwaneses. Este panorama muestra, entonces, que la visita de Pelosi no es un acto heroico, que las amenazas chinas no tienen sustento a no ser que la decisión de atacar ya esté tomada, pero más importante aún, que es preocupante la cantidad de analistas que son proclives a sacrificar en papel la libertad de un pueblo entero para satisfacer a un tirano.

Para cerrar con otra comparación histórica, en marzo de 1938 Alemania anexionó Austria, y la reacción de las democracias fue la de aceptarlo para no provocar a Hitler; en septiembre del mismo año, la Entente aprobó la anexión de los Sudetes por parte del Reich, y en marzo de 1939 haría lo mismo con el resto de Chequia. Ante cada avance del déspota, la respuesta de las democracias fue rubricar la decisión por miedo a una guerra. Tanto fue así que Chamberlain y Daladier, en vez de ir a Viena, Praga o Bratislava, fueron a Múnich en septiembre de 1938, a fin de demostrar su sumisión al tirano. Sin embargo, el próximo septiembre, Hitler comenzó la Segunda Guerra.

Cuando un gobierno decide ser imperialista, pocas razones prácticas le impedirán serlo. Mucho se hizo para aplacar a Putin, y sin embargo hoy tenemos miles de ucranianos muertos y millones de ellos, refugiados. Si hay algo que Alemania en su momento, y Rusia en la actualidad, están mostrando, es que no importa cuánto se intente aplacar al tirano imperialista, este actuará de todas formas.

Pensar que se está frente a un actor racional cuando hablamos de Adolf Hitler, Vladimir Putin o Xi Jinping, es sólo una ilusión de la diplomacia, que replica el mensaje de los totalitarismos sólo porque es su trabajo hacerlo. Si antes de apoyar a una democracia pensamos «¿Qué pensará el tirano?», claramente estamos pensando mal. Estos tiempos no son para aplacar tiranos, sino para fortalecer demócratas. ¿Será que Pelosi no ha hecho más que mostrar que la capital que hay que visitar es Taipéi, y no Beijing?

 

Por: Faro Argentino

Por admin

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