Recientemente se conoció la noticia de que el estadio Arrowhead será una de las ciudades estadounidenses que acogerá los partidos del torneo de la Copa Mundial Masculina de Fútbol en 2026.

Como economista y amante de Kansas City, la noticia me decepcionó.

Mientras que los políticos y los burócratas se apresuran a pregonar los beneficios de albergar eventos masivos como la Copa Mundial, los economistas son más pesimistas al respecto. A pesar de las afirmaciones tan visibles sobre la creación de empleo y el aumento del gasto, los costos de acoger eventos como éste suelen ser difíciles de ver y mucho mayores. Y lo que es peor, a menudo los supuestos beneficios nunca llegan a materializarse.

Por ejemplo, un estudio sobre el impacto económico de la Copa Mundial de Fútbol de 2002 en Japón y Corea del Sur concluyó que los países experimentaron una pérdida de entre 5.500 y 9.300 millones de dólares, a pesar de las estimaciones de que generaría una ganancia de 4.000 millones. Así que un estudio para la Federación de Fútbol de los Estados Unidos realizado por un grupo de consultoría de Boston que estima una posible ganancia de 620 millones de dólares para Kansas City no me entusiasma demasiado.

En su libro de texto «The Economics of Sports» (La economía del deporte), Michael Leeds resume el resultado de los «mega-eventos» como la Copa del Mundo, y el patrón es claro: las proyecciones de ingresos y ganancias de empleos son sistemáticamente demasiado optimistas.

Por ejemplo, se predijo que el Mundial de 2006 en Alemania crearía 60.000 nuevos puestos de trabajo. ¿Creación neta de empleos reales? Cero.

¿Por qué la Copa del Mundo es siempre tan decepcionante? Lo creamos o no, un economista francés del siglo XIX nos da una respuesta convincente. En 1850, Frédéric Bastiat escribió un ensayo que arroja luz sobre un error común conocido como la «falacia de la ventana rota». Lo hizo utilizando una parábola.

Imaginemos que un vándalo del barrio rompe la vitrina de una tienda local. El propietario de la tienda tiene que contratar a un cristalero por 100 dólares para que sustituya la vitrina. Aunque usted se sienta mal por el dueño de la tienda, algunos podrían sugerir que hay un lado positivo. El dueño de la tienda gasta dinero que le proporciona empleo al vidriero, que utiliza su nuevo dinero para comprar otras cosas. Cuando el vidriero utiliza sus nuevos ingresos para comprar cosas, crea más puestos de trabajo y más ingresos para otros. La economía mejora. ¿O no?

Bastiat señala que esta línea de pensamiento es falaz. Aunque el vidriero recibe dinero, el dueño de la tienda pierde riqueza. Tal vez estaba ahorrando esa riqueza para un nuevo traje. O quizás ahora el banco en el que guardaba su dinero tiene menos en depósitos para dar como préstamos.

Es difícil saber cómo se habrían utilizado los 100 dólares y ese es precisamente el problema. El beneficio para el vidriero se ve. El sastre que no consigue vender un traje o el prestamista que no consigue un préstamo bancario es difícil de ver.

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El mismo problema existe con la Copa del Mundo. Las ciudades deben utilizar recursos obtenidos de los contribuyentes para ganar la candidatura a un Mundial de Fútbol. El mencionado informe de U.S. Soccer estima el costo por ciudad en cientos de millones, aunque el alcalde de Kansas City, Quinton Lucas, afirma que el costo actual es de 50 millones de dólares en renovaciones del estadio Arrowhead. Pero si la historia sirve de algo, esto podría ser una gran subestimación.

En qué habrían empleado su dinero los contribuyentes de Kansas City no es algo que podamos saber fácilmente. Pero es fácil ver cómo los hoteles, por ejemplo, pueden beneficiarse de la Copa del Mundo.

Pero, al igual que el propietario de la tienda, los contribuyentes no salen ganando con el gasto de la Copa Mundial de Fútbol. Este gasto tiene un precio. Y, como demuestran los estudios, este precio se ignora a menudo en busca de beneficios ilusorios.

Este artículo apareció originalmente en The Kansas City Star. Luego en FEE.org

Autor: Peter Jacobsen

Por admin

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