Como todos los inicios de años, me doy a la tarea de releer obras literarias, científicas y académicas importantes para la humanidad. Entre ellas, los libros del Dr. Carlos Rangel. El 15 de enero se conmemora un año más de su partida, 35 años para ser exacto. Esta coincidencia me permite un pretexto para hacer de estas líneas una divulgación de su pensamiento.

¡Carlos Rangel! Ensayista, diplomático, periodista fue quizás el pensador y referente libertario de Latinoamérica, más importante en la segunda mitad del siglo pasado. Durante décadas él y su esposa Sofía, hicieron un programa diario de televisión llamado «Buenos Días», en el que comentaban la noticia del momento, analizaban los sucesos con ojo crítico y defendían las libertades y la democracia a capa y espada.

En los años sesenta y setenta, mientras los intelectuales de la época, los medios de comunicación y el mundo entero veían con veneración y entusiasmo el avance de la revolución cubana, había un hombre que, sin haber vivido las penurias del comunismo-socialismo, ya advertía lo que se avecinaba para Cuba y el resto de la región si seguíamos sus pasos.

¡Sus predicciones fueron acertadas; lamentablemente nadie le hizo caso!

Rangel nació en Caracas, Venezuela, cursó estudios universitarios en Estados Unidos y Europa, y luego fue profesor universitario y diplomático de carrera, hasta que se dedicó al periodismo de opinión y comenzó a escribir las obras que lo harían inmortal.

Si hoy es difícil hablar de libre mercado, propiedad privada y libertades individuales, imagínense lo que era hacerlo hace más de 50 años, cuando una abrumadora mayoría de intelectuales y políticos estaba mareada por el marxismo y Keynes era la superestrella.

En 1976 Rangel publicaría la obra que, en mi opinión, es uno de los mejores ensayos escritos en el último siglo. Titulado «Del buen salvaje al buen revolucionario», el libro tuvo una gran difusión gracias a la admiración del filósofo, escritor y periodista francés Jean-Francois Revel.

Revel, en el prólogo de la obra de Rangel, escribió:

«Del buen salvaje al buen revolucionario es un libro indispensable no sólo para la comprensión de América Latina, sino de buena parte del mundo contemporáneo, donde se reproducen los mismos fracasos, las mismas impotencias, las mismas ilusiones. Más allá de su objeto inmediato y de su caso concreto, la obra de Carlos Rangel constituye una reflexión general sobre la discrepancia entre lo que es una sociedad y la imagen que esa sociedad tiene de sí misma. ¿En qué momento esta separación se vuelve demasiado grande para ser compatible con el control de la realidad? Esta es la pregunta a cuya determinación nos acercamos a través de la historia de Hispanoamérica y confrontando sus mitos con sus realidades».

En efecto, la obra de Rangel no sólo es indispensable para comprender los fracasos históricos, políticos y económicos de la historia latinoamericana, así como los vacíos narrativos y sociológicos que esto ha provocado, para que quienes nos consideramos latinoamericanos nos hayamos criado bajo una cultura radicalmente victimista, con un grave desprecio por el mérito, y con Estados paternalistas que sólo han logrado profundizar aún más la brecha existente entre el Norte de América (Estados Unidos), y el resto de los países de América, desde el norte de México hasta el sur de Argentina.

Rangel escribió: «…prevaleció desde el principio en la sociedad norteamericana la convicción de que el imperio de la ley es en sí mismo una conquista tan fundamental contra la tendencia a la arbitrariedad latente en todos los gobiernos, que es mejor soportar una ley deficiente, y aún mala, hasta que pueda ser modificada mediante un procedimiento regular, que admitir (y mucho menos solicitar) su enmienda o abolición por un acto de fuerza, sea autocrático, sea revolucionario. Quienes suponen exagerado atribuir tales sentimientos colectivos a los norteamericanos del último cuarto del siglo XVIII, no se han enterado o se niegan a creer, en contra de la evidencia, que en aquellas colonias inglesas de Norteamérica el pensamiento de «Locke» había llegado a ser tan sutilmente difundido, tan influyente, tan inmediato, tan «folclórico» como lo ha sido el pensamiento de «Marx» y «Lenin» en el llamado Tercer Mundo en la segunda mitad del siglo XX. Y fue Locke quien dijo que donde acaba la ley empieza la tiranía».

El libro de Rangel no sólo disecciona perfectamente los obstáculos ideológicos y políticos que han condenado a América Latina a la pobreza y al atraso, sino que explica con detalle cómo el marxismo ha ido penetrando en nuestras naciones y cómo, por el contrario, Estados Unidos prosperó gracias a las políticas liberales clásicas. Así recuerda uno de los viajes que realizó el precursor de la emancipación norteamericana contra el imperio español, junto a Simón Bolívar, probablemente el venezolano más importante de la historia, el Generalísimo Francisco de Miranda:

«Las ventajas de un gobierno libre con sereno sentido común, Miranda atribuye las virtudes y la prosperidad que observa en la sociedad norteamericana no a ningún abuso de poder todavía imposible e impensable en relación con otras naciones, sino simplemente a las ventajas de un gobierno libre (sobre) cualquier despotismo, algo que «muy pocos franceses» o españoles familiarizados con los Estados Unidos son «capaces de discernir», por no haber penetrado en los maravillosos arcanos de la constitución británica».

En su otra obra «Tercermundismo» disecciona con mucha más precisión y comprensión las raíces podridas que ha dejado el socialismo, no sólo en América Latina, sino en todo el mundo.

«Hoy nos es posible percibir que el socialismo marxista-leninista y el fascismo no eran (ni son) polos esenciales opuestos y antagónicos, como ellos mismos quizás creían (y en todo caso se empeñaron en hacer creer, logrando persuadir a toda una generación de ello), sino hermanos – enemigos. El fascismo tiene el mismo ardor estatista que el socialismo marxista y es igualmente antiliberal y, por tanto, anticapitalista. Lejos de ser el último cartucho del liberalismo burgués moribundo, se concibe a sí mismo como, y es de hecho, una filosofía política de la familia socialista”.

Rangel se mantuvo firme frente a la intelectualidad marxista predominante en la época, señalando la verdad sin complejos.

«Sin excepción, todos los países que se autodenominan socialistas conocen diversos grados de atraso económico», escribió, «y todos sufren un atraso político consternante».

¡Padre de las ideas libertarias en Venezuela!

Quienes hemos sobrevivido a la destrucción causada por los sistemas colectivistas en el mundo, tratamos de alertar a nuestros países hermanos o anfitriones sobre esta nefasta ideología, y a pesar de las evidencias y abusos, seguimos tropezándonos constantemente con organismos multilaterales como la ONU, y todos los departamentos que de allí surgen, lavando los crímenes de la izquierda internacional y las atrocidades cometidas bajo el socialismo.

Incluso en el que fue históricamente el país de las libertades, EE.UU., hemos observado cómo el colectivismo y el marxismo han ido abriéndose paso, hasta el punto de que hoy los libertarios y conservadores son marginados y censurados en las redes sociales, desacreditados y difamados en los medios de comunicación, y en muchos casos prácticamente excluidos de la industria editorial y cinematográfica.

En el campo liberal, inspiró las ideas de la ilustración y los Padres fundadores estadounidenses para tratar de desmontar la herencia colonial. Pero en la primera parte del siglo XX se desordenaron los puntos geodésicos de la intelectualidad y la política, los políticos herederos de la diestra acabaron en la izquierda, instituyendo el estatismo, populismo y el keynesianismo.

Rangel, sin dejar de valorar los aportes indigenistas a la cultura latinoamericana, les negó el valor que sus intérpretes quisieron darles para justificar el victimismo, la lucha de clases, la idolatría al Estado redentor. Pertenecía a la estirpe del pensamiento liberal, la cual se interrumpió durante muchos años, pero el propio Rangel la rescató. Al hacerlo, entroncó el pensamiento liberal en esta zona del mundo.

Se negó a diferenciar entre las víctimas de la derecha y las víctimas de la izquierda, las dictaduras de un lado y las dictaduras del otro. Su visión humanista era más poderosa que su toma de partido; para él, el individuo tenía un valor y unos derechos que transcendían los caprichos de la ideología.

Atacado de manera violenta por la izquierda, el pensamiento de Carlos Rangel no llegó a ocupar en esa época el espacio que se merecía en los medios universitarios y en las revistas de opinión. Más tarde, y ahora, con motivo del hundimiento del mundo socialista, sus planteamientos han cobrado nueva vida, no para aceptarlos todos en su totalidad, pero sí para valorarlos como una desprejuiciada, honesta, valiente y razonable reflexión sobre nuestro destino.

Lamentablemente, a los 58 años de edad un 15 de enero del año 1988, uno de los más grandes pensadores de la historia moderna, Carlos Rangel, decidió quitarse la vida, luego de advertir incansablemente que su país también estaba en riesgo de ser infectado por la enfermedad socialista y de reclamar una y otra vez la aplicación de una economía de mercado que nunca se practicó en Venezuela.

Hoy, los venezolanos debemos lamentar no haber escuchado a Carlos Rangel. Lo menos que podemos hacer es rendir homenaje a su memoria, revivir sus textos, darlos a conocer alrededor del mundo, hacer que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos los lean, para que ojalá no caigan en las mismas trampas ideológicas de nuestra generación y podamos algún día convertir a las naciones de América Latina en territorios prósperos, ricos, democráticos y libres.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor.

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