La historia oficial pinta a un Salvador Allende demócrata y a un Augusto Pinochet dictador. Sin embargo, el escritor argentino Nicolás Márquez propone una mirada diferente, a contramano de lo que se puede leer en cualquier lado. Él tilda, desde el título de su último libro, a Allende como un “dictador comunista”. Ahora, si uno va a los hechos, el autor tiene un punto que no puede pasar por alto si se pretende un debate serio: Allende, en lugar de ser un demócrata, hizo uso de la herramienta democrática chilena para poner en marcha un proceso que destruyó los principios y garantías constitucionales.

Con la minuciosa investigación y documentación que tiene acostumbrados a sus lectores, Márquez detalla la génesis del proceso electoral que llevó al referente de la izquierda latinoamericana a la presidencia de Chile. Aunque no sean de masivo conocimiento, antes de 1970 (cuando Allende firma el “inútil papelito” de respeto a las instituciones que la socialdemocracia le pide para convertirlo presidente desde el parlamento tras un ajustado resultado), el mandatario depuesto por Pinochet se cansó de mostrarse en favor del comunismo explícito y en contra de las instituciones democráticas. En un sinnúmero de oportunidades, Allende se había manifestado en favor de la lucha armada y de la aplicación ortodoxa del marxismo leninismo. Incluso, luego de su llegada al poder, utilizó el Estado chileno para proteger y amparar a diversos guerrilleros, que buscaban la revolución armada en el continente.

Aunque todo esto no esté presente en los medios masivos de comunicación a la hora de debatir el “legado” de Allende, es fácilmente rastreable si uno se pone a buscar. Sin embargo, lo que deja por completo descolocado al pensamiento “políticamente correcto” que reivindica al demócrata de la justicia social, y que pocas personas saben, es el contenido nefasto y delirante de la tesis doctoral de la carrera de medicina del comunista que llegó a la presidencia de Chile.

Es más, cuando estos datos se hicieron públicos por primera vez en un libro editado en España en 2005, los voceros del legado de Allende (incluyendo a la fundación que lleva su nombre) acudieron sin éxito a la justicia para pedir la censura de un texto, que no hacía más que transcribir un documento histórico, de “autoría” del mismo Salvador Allende. Autoría, entre comillas, porque, como cuenta Márquez en su libro, el enemigo de la propiedad privada parece que también ignoraba la propiedad intelectual, ya que varios pasajes de su tesis fueron plagios del trabajo (también delirante) del endocrinólogo fascista Nicola Pende y del fisonomista Cesare Lobroso.

«Jamás maricón»

Además de sus tradicionales manifestaciones poco amables con las personas homosexuales, tan comunes y usuales en la izquierda en los años de la Guerra Fría (decía que de muchas cosas podían culparlo, menos de ser “ladrón y maricón”), sus extraños aportes en el ámbito de la medicina eran dignos de comparación con las locuras del nazismo.

Su tesis, Higiene mental y delincuencia de 1933 propone tratamientos lesivos para los elementos problemáticos de la sociedad. Léase alcohólicos, epilépticos, débil mentales y homosexuales, considerados para Allende “enfermos orgánicos”. ¿Qué proponía el joven médico para convertirlos en “personas normales”? Quemarles el timo o introducirles restos de testículos en el abdomen. Para el que tenga alguna duda sobre la veracidad de estas cuestiones, Márquez recuerda que el libro “Salvador Allende: contra judíos, homosexuales y otros degenerados”, que la izquierda quiso censurar en Europa, presenta fotografías del trabajo doctoral del médico comunista.

A los que no proponía “arreglar” desde la “ciencia” eran los judíos, irrecuperables en su opinión. ¿Qué pensaba de ellos Salvador Allende? Que se trata de un pueblo caracterizado por “determinadas formas de delito”. Estos serían “la estafa, la falsedad, la calumnia, y, sobre todo, la usura”.

La dictadura comunista de Salvador Allende, de Nicolás Márquez, es un libro fundamental para conocer el “lado b” de una figura histórica, de la que se puede tener la opinión que uno quiera, pero, para tenerla, es necesario saber de lo que se habla.

Articulo escrito por Marcelo Duclos para PanamPost

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